terça-feira, 13 de julho de 2010

Neruda entre nosotros

Mis ojos no vinieron para morder olvido.
Canto General, "La arena traicionada"
Yo te amo, pura tierra, como tantas
cosas amé contrarias:
la flor, la calle, la abundancia, el rito.
Canto General, "Hacia Recabarren"

Tan cercano como está en la vida y en la muerte, toda tentativa de fijarlo desde la escritura corre el riesgo de cualquier fotografía, de cualquier testimonio unilateral: Neruda de perfil, Neruda poeta social, las aproximaciones usuales y casi siempre falibles. La historia, la arqueología, la biografía, coinciden en la misma terrible tarea: clavar la mariposa en el cartón. Y el único rescate que las justifica viene de la zona imaginaria de la inteligencia, de su capacidad para ver en pleno vuelo esas alas que ya son ceniza en cada pequeño ataúd de museo. Cuando entré por última vez a su dormitorio de Isla Negra, en febrero de este año, Pablo Neruda estaba en cama, acaso ya definitivamente inmovilizado, y sin embargo sé que aquella tarde y aquella noche anduvimos juntos por playas y senderos, que llegamos aún más lejos que dos años antes, cuando él había venido a esperarme a la entrada de la casa y había querido mostrarme las tierras que pensaba donar para que a su muerte alzaran allí una residencia de escritores jóvenes.
Así, como paseando a su lado y escuchándolo, quisiera decir aquí mi palabra de latinoamericano ya viejo, porque muchas veces en el torbellino de la casi impensable aceleración histórica del siglo he sentido dolorosamente que la imagen universal de Pablo Neruda era para muchos una imagen maniquea, una estatua ya erigida que los ojos de las nuevas generaciones miraban con ese respeto mezclado de indiferencia que parece ser el destino de todo bronce en toda plaza. A esos jóvenes de cualquier país del mundo quisiera contarles con la llaneza del que encuentra a sus amigos en el café, las razones de un amor que trasciende la poesía por sí misma, un amor que tiene otro sentido que mi amor por la poesía de John Keats o de César Vallejo o de Paul Eluard ; hablarles de lo que sucedió en mis tierras latinoamericanas en esa primera mitad de un siglo que para ellos se confunde ya en la continuidad de un pasado que todo lo devora y lo confunde.
En el principio fue la mujer; para nosotros, Eva precedió a Adán en mi Buenos Aires de los años treinta. Éramos muy jóvenes, la poesía nos había llegado bajo el signo imperial del simbolismo y del modernismo, Mallarmé y Rubén Darío, Rimbaud y Rainer María Rilke : la poesía era gnosis, revelación, apertura órfica, desdén de la realidad convencional, aristocracia rechazando el lirismo fatigado y rancio de tanto bardo sudamericano. Jóvenes pumas ansiosos de morder en lo más hondo de una vida profunda y secreta, de espaldas a nuestras tierras, a nuestras voces, traidores inocentes y apasionados, cerrándose en cónclaves de café y de pensiones bohemias: entonces entró Eva ha­blando español desde un librito de bolsillo nacido en Chile, Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Muy pocos conocían a Pablo Neruda, a ese poeta que bruscamente nos devolvía a lo nuestro, nos arrancaba a la vaga teoría de las amadas y las musas europeas para echamos en los brazos a una mujer inmediata y tangible, para enseñamos que un amor de poeta latinoamericano podía darse y escribirse hic et nunc, con las simples palabras del día, con los olores de nuestras calles, con la simplicidad del que descubre la belleza sin el asentimiento de los grandes heliotropos y la divina proporción.
Pablo lo sabía, lo supo muy pronto: no opusimos resistencia a esa invasión que nos liberaba, a esa fulminante reconquista. Por eso, cuando leímos Residencia en la tierra no éramos ya los mismos, los jóvenes pumas se lanzaban ya por su cuenta a la caza de presas tanto tiempo despreciadas. Después de Eva veíamos llegar al Demiurgo, resuelto a trastrocar un orden bíblico que no habíamos establecido los latinoamericanos; ahora íbamos a asistir a la creación verbal del continente, el pez iba a llamarse pez por boca americana, las cosas y los seres se proponían y se dibujaban desde la matriz original que nos había hecho a todos, sin la sanción tranquilizadora de los Linneo y los Cuvier y los Humboldt y los Darwin que nos habían legado paternalmente sus modelos y sus nomenclaturas. Me acuerdo, me acuerdo tanto : Rubén Darío se desplazó vertiginosamente en mi geografía poética, de la noche a la mañana pasó a ser un gran poeta lejano, como Quevedo o Shelley o Walt Whitman; en nuestra dilatada, desierta y salvaje tierra mental, que habíamos llenado de necesarias y vagarosas mitologías, Residencia se precipitó en la Argentina como antaño San Martín en Chile para liberarlo, como Bolívar picando sus águilas desde el norte ; la poesía tiene su historia militar, sus conquistas y sus batallas, el verbo es legión y carga, y la vida de todo hombre sensible a la palabra guarda en su memoria incontables cicatrices de esos profundos, indecibles arreglos de cuentas entre el ayer y el hoy, entre lo artificial y lo auténtico ; inútil murmurar que lo recíproco no existe, que Chile está hoy ahí para probar hasta qué punto la historia militar ignora la poesía, eso que en última instancia es lo humano en su exigencia más alta, allí donde la justicia se quita la venda que el sistema le ha puesto en los ojos, y sonríe como una mujer que ve jugar a un niño.
Neruda no nos dio demasiado tiempo para recobrarnos, para tomar esa distancia que la inteligencia establece hasta con lo más amado puesto que su razón de ser está en un plus ultra incesante. Aceptar, asimilar Residencia en la tierra exigía acceder a una dimensión diferente de la lengua y, desde allí, ver americano como jamás se había visto hasta entonces. (Ya algunos de nosotros, movidos por el azar de librerías o amistades, entrábamos con el mismo asombro en una nue­va faceta de esa inconcebible metamorfosis de nuestra palabra: Trilce, de César Vallejo, llegaba a Buenos Aires desde el norte, viajera secreta y temblorosa trayendo claves diferentes para un mismo reconocimiento americano). Pero Pablo no nos dio tiempo a mirar en torno, a hacer un primer balance de esa multiplicada explosión de la poesía. Vastos poemas que formarían luego parte de la tercera Residencia se sumaban tumultuosos a la primera gran cosmogonía para afinarla, especializarla, traerla cada vez más al presente y a la historia. Cuando la guerra civil española lo lleva a escribir España en el corazón, Neruda ha dado el paso final que lo desplaza del escenario a los actores, de la tierra a los hombres ; su definición política que tanto malentendido innoble haría surgir (y pudrir) en América Latina, tiene la necesidad y la llaneza del cumplimiento amoroso, de la posesión en la entrega última ; y es fácil advertir que el signo ha cambiado, que a la lenta, apasionada enumeración de los frutos terrestres por boca de un hombre solitario y melancólico, sucede ahora la insistente llamada a recobrar esos frutos jamás gozados o injustamente perdidos, la proposición de una poesía de combate lentamente forjada desde la palabra y desde la acción. En Buenos Aires, capital de la prescindencia histórica, este segundo y más terrible espolazo de Neruda bastó para hacer caer muchas máscaras; me tocó ver, testigo irónico, cómo nerudianos fanáticos repudiaban bruscamente su poesía, mientras oportunistas al viento de las reivindicaciones exaltaban una obra que les era palpablemente ininteligible salvo en sus significados más obvios. Quedaron los que lo merecían, comprometidos o no en el plano político (lo digo expresamente, puesto que a mí me faltaba aún la Revolución Cubana para despertarme), y para ésos la obra de Neruda siguió siendo como un pulso, una vasta respiración americana frente a las delicuescencias pasatistas y las fidelidades cada vez más ridículas a los cánones extranjeros. Sé que le debo a Neruda el acceso a Vallejo, a Octavio Paz, a Lezama Lima, a Cardenal, poetas tan diferentes como unidos, tan individuales como fraternos. Pero lo repito, él no nos daba tregua, no nos dio nunca tregua; poema tras poema, libro tras libro, su imperiosa brújula exigía la revisión de nuestros rumbos, nos llamaba sin proponérselo, sin el menor paternalismo de poeta mayor, de abuelo Hugo latinoamericano; simplemente ponía otro libro sobre la mesa, y pálidos fantasmas corrían a esconderse. Cuando llegó el Canto general, el ciclo de creación entró en su último día necesario; luego seguirían muchos otros, memorables o de simple fiesta, vendrían los poemas bien ganados del que se sienta a recordar su vida con los amigos, como el entrañable Extravagario y tantos momentos del Memorial de Isla Negra; Neruda envejecía sin renunciar a su sonrisa de muchacho travieso, entraba por la fuerza de las cosas en el ciclo de las solemnidades, los paseos utilizables, la más que innecesaria consagración del Premio Nobel, último manotazo del sistema para recuperar lo irrecuperable, el aire libre, el gato en el tejado jugando con la luna.
Mucho se ha escrito sobre el Canto general, pero su sentido más hondo escapa a la crítica textual, a toda reducción sólo centrada en la expresión poética. Esa obra inmensa es una monstruosidad anacrónica (se lo dije un día a Pablo, que me contestó con una de sus lentas miradas de tiburón varado), y por ello una prueba de que América Latina no solamente está fuera del tiempo histórico europeo sino que tiene el perfecto derecho y, lo que es más, la penetrante obligación de estarlo. Como, en un terreno no demasiado diferente al fin y al cabo, Paradiso de José Lezama Lima, el Canto general decide hacer tabla rasa y empezar de nuevo por si fuera poco, lo hace. Porque apenas se piensa en esto, es casi obvio que la poesía contemporánea de Europa y de las Américas es una empresa definidamente limitada, una provincia, un territorio, a la vez dentro del campo de expresión verbal y dentro de la circunstancia personal del poeta. Quiero decir que la poesía contemporánea, incluso la de intención social como la de un Aragon, un Nazim Hikmet o un Nicolás Guillén, que me vienen los primeros a la memoria y están lejos de ser los únicos, se da circunstancia a determinadas situaciones e intenciones. Más perceptible es esto todavía en la poesía no comprometida, que en nuestros tiempos y en todos los tiempos tiende a concentrarse en lo elegíaco, lo erótico o lo costumbrista. Y en ese contexto, cuya infinita riqueza y hermosura no sólo no niego sino que me ha ayudado a vivir, llega un día el Canto general como una especie de absurda, prodigiosa geogonía latinoamericana, quiero decir una empresa poética de ramos generales, un gigantesco almacén de ultramarinos, una de esas ferreterías donde todo se da desde un tractor hasta un tornillito; con la diferencia de que Neruda rechaza soberanamente lo prefabricado en el plano de la palabra, sus museos, galerías, catálogos y ficheros que de alguna manera nos venían proponiendo un conocimiento vicario de nuestras tierras físicas y mentales, deja de lado todo lo hecho por la cultura e incluso por la naturaleza; él es un ojo insaciable retrocediendo al caos original, una lengua que lame las piedras una a una para saber de su textura y sus sabores, un oído donde empiezan a entrar los pájaros, un olfato emborrachándose de arena, de salitre, del humo de las fábricas. No otra cosa había hecho Hesíodo para abarcar los cielos mitológicos y las labores rurales; no otra cosa intentó Lacrecio, y por qué no Dante, cosmonauta de almas. Como algunos de los cronistas españoles de la conquista, como Humboldt, como los viajeros ingleses del Río de la Plata, pero en el límite de lo tolerable, negándose a describir lo ya existente, dando con cada verso la impresión de que antes no había nada, de que ese pájaro no tenía ese nombre y que esa aldea no existía. Y cuando yo le hablé de eso, él me miraba con soma y volvía a llenarme el vaso, señal inequívoca de que estabas bastante de acuerdo, hermano viejo.
Por cosas así pienso que la obra de Pablo Neruda ha sido para los latinoamericanos de mi tiempo algo que trasciende los parámetros usuales en que dialécticamente se mueven el hacedor y el lector de poesía. Cuando pienso en ella, la palabra obra tiene para mí una consistencia arquitectónica, un peso de mampostería, porque su acción en muchos de nosotros no sólo se cumplió en ese plano general de enriquecimiento ontológico que da toda gran poesía, sino en el de una toma directa de contacto con materias, formas, espacios y tiempos de nuestra América. ¿Quién podrá llegar hasta el litoral chileno y asomarse al Pacífico implacable sin que los versos de la Barcarola vuelvan desde la ya remota Residencia en la tierra, quién subirá a Macchu Picchu sin sentir que Pablo lo precede en la interminable teoría de peldaños y colmenas? Lo digo con riesgo, lo digo con dolor: cuánta poesía querida se me adelgazó entre las manos después de esa terrible precipitación mineral y celular. Y lo digo también con gratitud: porque ningún poeta mata a los demás poetas, simplemente los ordena de otra manera en la trémula biblioteca de la sensibilidad y la memoria. Habíamos vivido y leído de prestado, aunque los préstamos fueran tan hermosos; habíamos amado en poesía algo como un privilegio diplomático, una extraterritorialidad, el nepente verbal de tanta torpe tiranía y tanta insolente expoliación de nuestras vidas civiles; sin soberbia, sin jamás reprocharnos nuestras delicadas prescindencias, Neruda nos abrió la más ancha de las puertas hacia esa toma de conciencia que algún día se llamará de veras libertad. Ahora podíamos seguir leyendo a Mallarmé y a Rilke, puestos en su órbita precisa, pero ahora no podíamos negar que éramos latinoamericanos; yo sé, lo sabe lo más exigente de mi ser, que nadie salió perdiendo en esa furiosa confrontación de materias poéticas.
Por eso, a los que demasiado fácilmente olvidan, los invito a releer el Canto general para que a la luz (no, a la tiniebla) de lo que ocurre en Chile, en Uruguay, en Bolivia -complete usted mismo la lista interminable- verifiquen la implacable profecía y la invencible esperanza de uno de los hombres más lúcidos de nuestro tiempo. Imposible abarcar ese horizonte, esa rosa de los vientos que se vuelve húmedo erizo para apuntar a sus multiplicados rumbos; sólo aludiré al retrato de tanto dictador, de tanto tirano que Neruda nombró y describió sin vacilar en ese libro como si supiera que iba más allá de sus miserables personas, que su denuncia abarcaba un futuro donde habría de esperarlo otra vez la pesadilla. Los invito, para no citar más que uno, a releer el poema en que González Videla es acusado de traidor a su patria, y a sustituir su nombre por el de Pinochet, a quien Salvador Allende también habría de llamar traidor antes de caer asesinado; los invito a releer los versos en que Neruda transcribe cartas y testimonios de chilenos torturados, vejados y muertos por la dictadura ; habría que estar ciego y sordo para no sentir que esas páginas del Canto general fueron escritas hace dos meses, hace quince días, anoche, ahora mismo, escritas por un poeta muerto, escritas para nuestra vergüenza y acaso, si alguna vez lo merecemos, para nuestra esperanza.
Conocí muy poco al hombre Pablo Neruda, porque entre mis defectos está el de no acercarme a los escritores, preferir egoístamente la obra a la persona. Dos testimonios había tenido de su afecto por mí: un par de libros dedicados que me hizo llegar a París, sin que jamás hubiera recibido nada mío, y una página que envió a alguna revista cuyo nombre no recuerdo, y en la que generosamente trataba de aplacar una falsa, absurda polémica entre José María Agüedas y yo a propósito de escritores "residentes" y escritores "exiliados"». Cuando Salvador Allende asumió la presidencia en noviembre de 1970, quise estar en Santiago cerca de mis hermanos chilenos, asistir a algo que era harto más que una ceremonia, la primera apertura hacia el socialismo en el sector austral del continente. Alguien llamó a mi hotel con una voz de lento río: "Me dicen que estás muy cansado, ven a Isla Negra y quédate unos días, ya sé que no te gusta ver gente, estaremos solos con Matilde y mi hermana, Jorge Edwards te traerá el auto, vendrán Matta y Teresa a almorzar, nadie más". Fui, claro, y Pablo me regaló un poncho de Temuco y me mostró la casa, el mar, los solitarios campos. Como si tuviera miedo de cansarme, me dejó andar por los salones vacíos, mirar despacio y a mi gusto la caverna de Aladino, su Xanadú de interminables maravillas. Casi inmediatamente comprendí esa correspondencia rigurosa entre la poesía y las cosas, entre el verbo y la materia. Pensé en Anna de Noailles preguntándole a una amiga el nombre de una flor entrevista en un paseo, y asombrándose: "Ah, pero si es la misma que tantas veces he nombrado en mis poemas", y sentí lo que iba de eso a un poeta que jamás nombró sin antes palpar, vivir lo nombrado. Cuánto resentido, cuánto envidioso ironizó en su día sobre los mascarones de proa, los atlas, los compases, los barcos en las botellas, las primeras ediciones, las estampas y los muñecos, sin comprender que esa casa, que todas las casas de Neruda eran también poemas, réplica corroboración de las nomenclaturas de Residencia y del Canto, prueba de que nada, ninguna sustancia, ninguna flor había entrado en sus versos sin ser lentamente mirada y olida, sin darle y ganarse el derecho a vivir para siempre en la memoria de los que recibirían en pleno pecho esa poesía de encarnación verbal, de contacto sin mediaciones. Incluso la muerte de Pablo Neruda entre escombros y alimañas uniformadas, ¿no es un último poema de combate? Sabíamos que estaba condenado por el cáncer que era una cuestión de tiempo y que acaso hubiera muerto el día en que murió aunque la ralea vencedora no le hubiera destrozado y saqueado la casa. Pero el destino habría de dibujarlo hasta el fin como lo que él había querido ser; voluntariamente o no, ya ajeno a lo circundante o mirando las ruinas de su casa con esos ojos de alcatraz a los que nada escapaba, su muerte es hoy su verso más terrible, el salivazo en plena cara del verdugo. Como en su día el Che Guevara, como Nguyen Van Troy, como tantos que mueren sin rendirse. Me acuerdo de la última vez que lo vi, en febrero de este año; cuando llegué a Isla Negra me bastó ver la gran puerta cerrada para comprender, con algo que ya no eran las certidumbres de la ciencia médica, que Pablo me citaba para despedirse. Mi mujer había esperado grabar una charla con él para la radio francesa; nos miramos sin hablar, y el grabador quedó en el auto. Matilde y la hermana de Pablo nos llevaron al dormitorio desde donde él continuaba su diálogo con el océano, con esas olas en las que había visto los gigantescos párpados de la vida. Lúcido y esperanzado (eran las vísperas de las elecciones en las que la Unidad Popular afirmó su derecho a gobernar) nos dio su último libro. "Ya que no puedo ir a las manifestaciones ni hablarle al pueblo, quiero estar presente con estos versos que escribí en tres días". El título lo explicaba todo: Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena; versos para gritar en las esquinas, para que los cantores populares les pusieran música, para que los obreros y los campesinos los leyeran en sus centros y en sus casas. Un televisor a los pies de la cama lo mantenía al tanto del proceso electoral; novelas policiales, que tanto le gustaban eran mejor sedante que las inyecciones cada vez mas necesarias. Hablamos de Francia, de su último cumpleaños en la casa de Normandía donde los amigos habíamos llegado de todas partes para que Pablo sintiera un poco menos la geométrica soledad del diplomático famoso, y donde con gorros de papel, largos tragos y música lo despedimos (él lo sabía, y nosotros sabíamos que él lo sabía). Hablamos de Salvador Allende que había venido a visitarlo en esos días sin previo aviso, sembrando la estupefacción con un helicóptero inconcebible en Isla Negra; y por la noche, aunque insistíamos en irnos, en que descansara, Pablo nos obligó a mirar con él un horrendo folletín de vampiros en la televisión, fascinado y divertido al mismo tiempo, abandonándose a un presente de fantasmas más reales para él que un futuro que sabía cerrado. En mi primera visita, dos años atrás, me había abrazado con un hasta pronto que habría de cumplirse en Francia; ahora nos miró un momento, sus manos en las i nuestras, y dijo: «Mejor no despedirse, verdad», los fatigados ojos ya distantes.
Era así, no había que despedirse; esto que he escrito es mi presencia junto a él y junto a Chile. Sé que un día volveremos a Isla Negra, que su pueblo entrará por esa puerta y encontrará en cada piedra, en cada hoja de árbol, en cada grito de pájaro marino, la poesía siempre viva de ese hombre que tanto lo amó.

Julio Cortázar. Ginebra, 1973.

Ps: No Livro "Obra Crítica", os versos citados são, respectivamente, de "La arena traicionada" e de "Hacia Recabarren". Neste site, no entanto, a ordem está invertida. Dei uma procurada no Canto General, e parece que a ordem do site é a correta.
Ps2: Neruda nasceu em 12 de julho, por isso a postagem (apesar de já ser dia 13...).

sexta-feira, 4 de junho de 2010

Os Indiferentes

Odeio os indiferentes. Como Friederich Hebbel acredito que "viver significa tomar partido". Não podem existir os apenas homens, estranhos à cidade. Quem verdadeiramente vive não pode deixar de ser cidadão, e partidário. Indiferença é abulia, parasitismo, covardia, não é vida. Por isso odeio os indiferentes.
A indiferença é o peso morto da história. É a bala de chumbo para o inovador, é a matéria inerte em que se afogam freqüentemente os entusiasmos mais esplendorosos, é o fosso que circunda a velha cidade e a defende melhor do que as mais sólidas muralhas, melhor do que o peito dos seus guerreiros, porque engole nos seus sorvedouros de lama os assaltantes, os dizima e desencoraja e às vezes, os leva a desistir de gesta heróica.
A indiferença atua poderosamente na história. Atua passivamente, mas atua. É a fatalidade; e aquilo com que não se pode contar; é aquilo que confunde os programas, que destrói os planos mesmo os mais bem construídos; é a matéria bruta que se revolta contra a inteligência e a sufoca. O que acontece, o mal que se abate sobre todos, o possível bem que um ato heróico (de valor universal) pode gerar, não se fica a dever tanto à iniciativa dos poucos que atuam quanto à indiferença, ao absentismo dos outros que são muitos. O que acontece, não acontece tanto porque alguns querem que aconteça quanto porque a massa dos homens abdica da sua vontade, deixa fazer, deixa enrolar os nós que, depois, só a espada pode desfazer, deixa promulgar leis que depois só a revolta fará anular, deixa subir ao poder homens que, depois, só uma sublevação poderá derrubar. A fatalidade, que parece dominar a história, não é mais do que a aparência ilusória desta indiferença, deste absentismo. Há fatos que amadurecem na sombra, porque poucas mãos, sem qualquer controle a vigiá-las, tecem a teia da vida coletiva, e a massa não sabe, porque não se preocupa com isso. Os destinos de uma época são manipulados de acordo com visões limitadas e com fins imediatos, de acordo com ambições e paixões pessoais de pequenos grupos ativos, e a massa dos homens não se preocupa com isso. Mas os fatos que amadureceram vêm à superfície; o tecido feito na sombra chega ao seu fim, e então parece ser a fatalidade a arrastar tudo e todos, parece que a história não é mais do que um gigantesco fenômeno natural, uma erupção, um terremoto, de que são todos vítimas, o que quis e o que não quis, quem sabia e quem não sabia, quem se mostrou ativo e quem foi indiferente. Estes então zangam-se, queriam eximir-se às conseqüências, quereriam que se visse que não deram o seu aval, que não são responsáveis. Alguns choramingam piedosamente, outros blasfemam obscenamente, mas nenhum ou poucos põem esta questão: se eu tivesse também cumprido o meu dever, se tivesse procurado fazer valer a minha vontade, o meu parecer, teria sucedido o que sucedeu? Mas nenhum ou poucos atribuem à sua indiferença, ao seu cepticismo, ao fato de não ter dado o seu braço e a sua atividade àqueles grupos de cidadãos que, precisamente para evitarem esse mal combatiam (com o propósito) de procurar o tal bem (que) pretendiam.
A maior parte deles, porém, perante fatos consumados prefere falar de insucessos ideais, de programas definitivamente desmoronados e de outras brincadeiras semelhantes. Recomeçam assim a falta de qualquer responsabilidade. E não por não verem claramente as coisas, e, por vezes, não serem capazes de perspectivar excelentes soluções para os problemas mais urgentes, ou para aqueles que, embora requerendo uma ampla preparação e tempo, são todavia igualmente urgentes. Mas essas soluções são belissimamente infecundas; mas esse contributo para a vida coletiva não é animado por qualquer luz moral; é produto da curiosidade intelectual, não do pungente sentido de uma responsabilidade histórica que quer que todos sejam ativos na vida, que não admite agnosticismos e indiferenças de nenhum gênero.
Odeio os indiferentes também, porque me provocam tédio as suas lamúrias de eternos inocentes. Peço contas a todos eles pela maneira como cumpriram a tarefa que a vida lhes impôs e impõe quotidianamente, do que fizeram e sobretudo do que não fizeram. E sinto que posso ser inexorável, que não devo desperdiçar a minha compaixão, que não posso repartir com eles as minhas lágrimas. Sou militante, estou vivo, sinto nas consciências viris dos que estão comigo pulsar a atividade da cidade futura que estamos a construir. Nessa cidade, a cadeia social não pesará sobre um número reduzido, qualquer coisa que aconteça nela não será devido ao acaso, à fatalidade, mas sim à inteligência dos cidadãos. Ninguém estará à janela a olhar enquanto um pequeno grupo se sacrifica, se imola no sacrifício. E não haverá quem esteja à janela emboscado, e que pretenda usufruir do pouco bem que a atividade de um pequeno grupo tenta realizar e afogue a sua desilusão vituperando o sacrificado, porque não conseguiu o seu intento.
Vivo, sou militante. Por isso odeio quem não toma partido, odeio os indiferentes.

Antonio Gramsci. 11 de Fevereiro de 1917

quinta-feira, 3 de junho de 2010

La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañana topar con el paralelepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentífrica, la misma tristeza de las casas de enfrente, del sucio tablero de ventanas de tiempo con su letrero "Hotel de Belgique".
Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en cuyo centro tomamos café con leche y abrimos el diario para saber lo que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal. Negarse a que el acto delicado de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. hasta luego, querida. Que te vaya bien.
Apretar una cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar uma cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más simple aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café.
Y no que esté mal si las cosas nos encuentran otra vez cada día y son las mismas. Que a nuestro lado haya la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela abierta sobre la mesa eche a andar otra vez en la bicicleta de nuestros anteojos, ¿por qué estaría mal? Pero como un toro triste hay que agachar la cabeza, del centro de lladrillo de cristal empujar hacia afuera, hacia lo otro tan cerca de nosotros, inasible como el picador tan cerca del toro. Castigarse los ojos mirando eso que anda por el cielo y acepta taimadamente su nombre de nube, su réplica catalogada en la meoria. No creas que el teléfono va a darte los números que buscas. ¿Por qué te los daría? Solamente vendrá lo que tienes preparado y resuelto, el triste reflejo de tu esperanza, ese mono que se rasca sobre una mesa y tiembla de frío. Rómpele la cabeza a ese mono, corre desde el centro hacia la pared y ábrete paso. ¡Oh, cómo cantan en el piso de arriba! Hay un piso de arriba donde vive gente que no sospecha su piso de abajo, y estamos todos en el ladrillo de cristal. Y si de pronto una polilla se para al borde de un lápiz y late como un fuego ceniciento, mírala, yo la estoy mirando, estoy palpando su corazón pequeñísimo, y la oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal congelado, no todo está perdido. Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente: la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las unãs me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, u juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina.

Julio Cortázar. Historias de Cronopios y de Famas.

quarta-feira, 26 de maio de 2010

When routine bites hard
And ambitions are low
And resentment rides high
But emotions won't grow
And we're changing our ways
Taking different roads


Then love, love will tear us apart, again
Love, love will tear us apart, again

Why is the bedroom so cold?
You've turned away on your side
Is my timing that flawed?
Our respect runs so dry
Yet there's still this appeal
That we've kept through our lives

But love, love will tear us apart, again
Love, love will tear us apart, again

You cry out in your sleep
All my failings exposed
And there's taste in my mouth
As desperation takes hold
Just that something so good
Just can't function no more

But love, love wil tear us apart, again
Love, love will tear us apart, again
Love, love will tear us apart, again
Love, love will tear us apart, again

quinta-feira, 20 de maio de 2010

Estranha Forma de Vida

Letra: Amália Rodrigues
Música: Alfredo Marceneiro


Foi por vontade de Deus
que eu vivo nesta ansiedade.
Que todos os ais são meus,
que é toda a minha saudade.
Foi por vontade de Deus.

Que estranha forma de vida
tem este meu coração:
vives de vida perdida;
Quem lhe daria o condão?
Que estranha forma de vida.

Coração independente,
coração que não comando:
vives perdido entre a gente,
teimosamente sangrando,
coração independente.

Eu não te acompanho mais:
para, deixa de bater.
Se não sabes aonde vais,
porque teimas em correr?
eu não te acompanho mais

Se não sabes onde vais:
para, deixa de bater,
eu não te acompanho mais.

sexta-feira, 19 de fevereiro de 2010

Àqueles que nada querem aprender.

SOUBE QUE VOCÊS NADA QUEREM APRENDER

Soube que vocês nada querem aprender
Então devo concluir que são milionários.
Seu futuro está garantido - à sua frente
Iluminado. Seus pais
Cuidaram para que seus pés
Não topassem com nenhuma pedra. Neste caso
Você nada precisa aprender. Assim como é
Pode ficar.

Havendo ainda difuculdades, pois os tempos
Como ouvi dizer, são incertos
Você tem seus líderes, que lhe dizem exatamente
O que tem a fazer, para que vocês estejam bem.
Eles leram aqueles que sabem
As verdades válidas para todos os tempos
E as receitas que sempre funcionam.
Onde há tantos a seu favor
Você não precisa levantar um dado.
Sem dúvida, se fosse diferente
Você teria que aprender.

Bertold Brecht.

Acho extremamente nocivo o desinteresse das pessoas. O desinteresse por tudo. Até pelo próprio curso. Estudo na famosa Universidade de São Paulo, a maior universidade do país e, quiçá, da América Latina. Apesar de todos os problemas (principalmente para nós, da FFLCH, e mais ainda para a Letras, que é o maior curso), ela ainda nos oferece um enorme leque de opções, que, querendo ou não, é único. Impossível não ficar fascinado com todo o conhecimento que se pode tirar de lá. E impossível não desanimar quando se vê que não é possível fazer todas as matérias que queremos.
Mas a realidade é muito diferente. Não se discute nada para além da sala de aula. Nada de discutir os conteúdos do curso, que dirá algo de política. Não parece que estudamos Literatura, Linguística... não parece que estudamos. Ponto. Muito menos que estamos na faculade mais mobilizada da USP. Grande parte dos alunos parece ainda estar no colégio: estuda por obrigação, apenas para passar de ano. Nem há nem preocupação com uma boa nota.
Diante disso, me pergunto: para que raios tanta comemoração ao passar no vestibular? Para se comportar da mesma maneira que aos 14 anos?
Estamos na faculdade, pelo amor de deus! Não acho certo levar o colégio com a barriga, mas pelo menos tem a desculpa de, na maioria das vezes, ser desinteressante, da escola no Brasil ser um lixo... mas na faculdade nós estamos, ao menos teoricamente, no curso que queremos. Não há como alguém não se interessar minimamente pelo que vemos lá.
As pessoas simplesmente não conseguem ter uma conversa minimamente séria. Depois me perguntam como consigo "discutir ideologia pelo orkut". Mas é claro que consigo. Nunca há nenhuma e, quando tem, é de se comemorar.
Se não há discussão, que dirá ação. Qualquer um que resolva se levantar contra o statuos quo é visto como uma ameaça. "Cuidado com a lavagem cerebral dos militantes", dizem. "Cuidado com a esquerda", "a esquerda é malvada e só sabe xingar quem discorda dela.". Só sabem chorar e ofender, não sabem discutir politicamente alguma coisa. Se você diz para a pessoa "olha, leia tal texto", ela se ofende, dizendo que você a está chamando de incompetente.
Oras! Não estamos na faculdade para estudar? Por que todos se consideram prontos? Será que acham que o estudo é só na sala de aula? ESSAS PESSOAS NÃO LÊEM?
Não relacionam seu curso com a realidade à sua volta. Oras, como querer estudar Letras sem saber o que se passa na política de seu país? O que é essa divisão? Nós estudamos Antonio Candido! O que é preciso pra essa gente se mexer? Que ele vá lá e diga "levantem sua bunda daí e vão protestar"?
O pior é que as pessoas se orgulham disso, de serem medíocres. Estufam o peito e dizem "eu não sei o que se passa no mundo e nem quero saber".
Simplesmente não consigo entender. Como alguém pode ficar quieto dirante de tudo o que acontece? Nosso curso está sendo jogado na lata do lixo na nossa frente, e as pessoas só sabem dizer "melcu"? É isso que tem na FFLCH? É nisso que lutamos tanto pra entrar?
Só me resta afirmar, com tristeza, que a Faculdade de Filosofia, Letras e Ciências Humanas, famosa por suas grandes contribuições para o país (com exceção de um certo ex-presidente...), acabará formando alguns dos maiores analfabetos políticos do Brasil.

Enfim, nenhuma análise política profunda. Apenas um desabafo.

domingo, 24 de janeiro de 2010

O que será

O que será que me dá
Que me bole por dentro, será que me dá
Que brota à flor da pele, será que me dá
que me sobe às faces e me faz corar
E que me salta aos olhos a me atraiçoar
E que me aperta o peito e me faz confessar
O que não tem mais jeito de dissimular
E que nem é direito ninguém recusar
E que me faz mendigo, me faz suplicar
O que não tem medida, nem nunca terá
O que não tem remédio, nem nunca terá
O que não tem receita

O que será que será
Que dá dentro da gente e que não devia
Que desacata a gente, que é revelia
Que é feito uma aguardente que não sacia
Que é feito estar doente de uma folia
Que nem dez mandamentos vão conciliar
Nem todos os unguentos vão aliviar
Nem todos os quebrantos, toda alquimia
Que nem todos os santos, será que será
O que não tem descanso, nem nunca teráO que não tem cansaço, nem nunca terá
O que não tem limite

O que será que me dá
Que me queima por dentro, será que me dá
Que me perturba o sono, será que me dá
Que todos os tremores me vêm agitar
Que todos os ardores me vêm atiçar
Que todos os suores me vêm encharcar
Que todos os meus nervos estão a rogar
Que todos os meus órgãos estão a clamar
E uma aflição medonha me faz implorar
O que não tem vergonha, nem nunca terá
O que não tem governo, nem nunca terá
O que não tem juízo

sábado, 23 de janeiro de 2010

¿Crisis del arte o arte de la crisis?

En este momento crucial de la historia se produce uno de los fenômenos más curiosos: se acusa al arte de estar en crisis, de haberse deshumanizado, de haber volado todos los puentes que lo unúan al continente del hombre. Cuando es exactamente al revés, tomando por un arte en crisis lo que en rigor es el arte de la crisis, pero lo que sucede es que se partió de una falacia. Para Ortega, por ejemplo, la deshumanización del arte está probada por el divorcio existente entre el artista y su público. No advirtiendo que pudiera ser exactamente al revés, que no fuera el artista el deshumanizado, sino el público. Es obvio que una cosa es la humanidad y otra muy distinta el público-masa, ese conjunto de seres que han dejado de ser hombres para convertirse en objetos fabricados en serie, moldeados por una educación estandarizada, embutidos en fábricas y oficinas, sacudidos diariamente al unísono por las noticias lanzadas por centrales electrónicas, pervertidos y coisificados por una manufactura de historietas y novelones radiales, de cromos periodísticos y de estatuillas de bazar. Mientras que el artista es el único por excelencia, es el que gracias a su incapacidad de adaptación, a su rebeldía, a su locura, ha conservado paradojalmente los atributos más preciosos del ser humano. ¿Qué importa que a veces exagere y se corte una oreja? Aun así estará más cerca del hombre concreto que un razonable amanuense en el fondo de un ministerio. Es cierto que el artista, acorralado y desesperado, termina por huir al África, a los paraísos del alcohol o la morfina, a la propia muerte. ¿Indica todo eso que es él quien está deshumanizado?
"Si nuestra vida está enferna - escribe Gauguin a Strindberg - también ha de estarlo nuestro arte; y sólo podemos devolverle la salud empezando de nuevo, como niños o como salvajes... Buestra civilización es vuestra enfermedad."
Lo que hace crisis no es el arte sino el caduco concepto burgués de la "realidad", la ingenua creencia en la realidad externa. Y es absurdo juzgar un cuadro de Van Gogh desde ese punto de vista. Cuando a pesar de todo sel o hace - ¡y con qué frecuencia! - no puede concluirse sino lo que se concluye: que describen una especie de irrealidad, figuras y objetos de un territorio fantasmal, productos de un hombre enloquecido por la angustia y la soledad.
El arte de cada época trasunta una visión del mundo y el concepto que esa época tiene de la verdadera realidad y esa concepción, esa visión, está asentada en una metafísica y en un ethos que le son propios. Para los egipcios, por ejemplo, preocupados por la vida eterna, este uiverso transitorio no podría constituir lo verdaderamente real: de ahí al hieratismo de sus grandes estatuas, el geometrismo que es como un indicio de la eternidad, despojados al máximo de los elementos naturalistas y terrenos; geometrismo que obedece a un concepto profundo y no es, como algunos apresuradamente creyeron, incapacidad plástica, ya que podían ser minuciosamente naturalistas cuando esculpían o pintaban desdeñables esclavos. Cuando se pasa a una civilización mundana como la de Pericles, las artes hacen naturalismo y hasta los mismos dioses se representan en forma "realista", pues para ese tipo de cultura profana, interesada fundamentalmente en esta vida, la realidad por excelencia, la "verdadera" realidad es la del mundo terrenal. Con el cristianismo reaparece, y por los mismos motivos, el arte hierático, ajeno al espacio que nos rodea y al tiempo que vivimos. Al irrumpir la civilización burguesa con una clase utilitaria que sólo cree en este mundo y sus valores materiales, nuevamente el arte vuelve al naturalismo. Ahora en su crepúsculo, asistimos a la reacción violenta de los artista contra la civilización burguesa y su Weltanschauung. Convulsivamente, incoherentemente muchas vezes, revela que aquel concepto de la realidad ha llegado a su término u no representa ya las más profundas ansiedades de la criatura humana.
El objetivismo y el naturalismo de la novela fueron una manifestación más (y en el caso de la novela, paradojal) de ese espíritu burgués. Con Flaubert y con Balzac, pero sobre todo con Zola, culmina esa estática y esa filosofía de la narración, hasta el punto de que por su intermedio estamos en condiciones no sólo de conocer las ideas y vicios de la época sino hasta el tipo de tapizados que se acostumbraba. Zola, que hizo la reducción al absurdo de esta modalidad, llegó hasta levantar prontuarios de sus personajes, y en ellos anotaba desde el color de sys ojos hasta la forma de vestir de acuerdo con las estaciones. Gorki malogró en parte sus excelentes dotes de narrador por el acatamiento de esa estética burguesa (que él creía proletaria), y firmaba que para descbribir un almacenero era necesario estudiar a cien para entresacar los rasgos comunes, método de la ciencia, que permite obtener lo universal eliminando los particulares: camino de la esencia, no de la existencia. Y si Gorki se salva casi siempre de la calamidad de poner en escena prototipos abstractos en lugar de tipos vivos es a pesa de su estética, no por ella; es por su instinto narrativo, no por su desatinada filosofía.
Muchas décadas antes de Gorki se entregara a esa concepción, Dostoievsk terminaba de destruirla y abría las compuertas de toda la literatura de hoy en las Memorias del subterráneo. No sólo se rebela contra la tribial realidad objetiva del burgués sino que, al ahondar en los tenebrosos abismos del yo encuentra que la intimidad del hombre nada tiene que ver con la razón, ni con la lógica, ni con la ciencia, ni con la prestigiosa técnica.
Ese desplazamiento hacia el yo profundo se hace luego general en toda la gran literatura que sobreviene: tanto en este vasto mural de Marcel Proust como en la obra aparentemente objetiva de Franz Kafka.
No obstante, Wladimir Weidlé, en su conocido ensayo, afirma que asistimos al ocaso de la novela porque el artista de hoy "es imponente para entregarse por completo a la imaginación credora", obsesionado como está por su propio ego; y frente a los grandes novelistas del siglo XIX, dice, "a estos escritores que, como Balzac, creaban un mundo y mostraban criaturas vivientes desde fuera, a esos novelista que, como Tolstoi, davan la impresión de ser el proprio Dios, los escritores del siglo XX son incapaces de trascender su propio yo, hipnotizados por sus desventuras y ansiedades, eternamente monologando en un mundo de fantasmas".

Ernesto Sabato, El Escritor y Sus Fantasmas.

terça-feira, 15 de dezembro de 2009

Lúcidos,

compreendem que o inimigo em face, tomado individualmente, é um homem como eles, mas está a defender o lado injusto e deve ser aniquilado. A guerra revolucionária é nisso mais dura que as clássicas. outrora, o combatente estava convicto que o estrangeiro que defrontava era o somatório de todos os vícios, de todas as baixezas. Era fácil odiar pessoalente o soldado que avançava contra ele, não o inimigo em abstracto, mas aquele mesmo Franc, Schulz, Ahmed ou Ngonga que se metia à sua frente. Hoje, quem é o combatente consciente que nisso acredita? Só existe o ódio ao inimigo em abstracto, o ódio ao sistema que os indivíduos defendem. O soldado inimigo pode mesmo estar em contradição com a causa que é forçado a defender. O combatente revolucionário sabe disso; pode mesmo pensar que aquele inimigo é um bom camponês ou um são operário, útil e combativo noutras circunstâncias, mas que está aqui envenenado de preconceitos, supercondicionado pela classe dirigente para matar. O revolucionário tem de fazer um compromisso entre o ódio abstrto ao inimigo e a simpatia que o inimigo - indivíduo possa lhe inspirar.
Por isso esta guerra é mais dura, pois mais humana (e, portanto, mais desumana).
O dominador, o senhor, nunca procurará matar por matar, antes pelo contrário, evitará matar. Ele vê a guerra como o jogo ou o amor. E seu momento de perda de lucidez é quando o ódio abstracto se concretiza no indivíduo e avança, raivosamente lúcido, contra os soldados que procuram impedí-lo de avançar, não porque são inimigos, mas porque o impedem de avançar, são obstáculos que têm de ser afastados do caminho. Nesse momento, o equilíbrio está vencido e a necessidade psíquica - sentida fisiologicamente - de fazer a acção leva ao ódio frio e calculado, implacável. Um dominador com ódio não gesticula, não ofende; ele poupa o esforço, os gestos, o ódio; é a sua acção, mais que os símbolos, que exprime sua determinação.


Mayombe, Pepetela.

sábado, 26 de setembro de 2009

Prólogo

Ela sai apressada de casa, vestida com um casaco pesado demais para a época do ano. Estamos em 1941. Há uma outra guerra em andamento. Deixou um bilhete para Leonard, outro para Vanessa. Caminha decidida em direção ao rio, certa daquilo que fará, mas mesmo assim um tanto distraída, observando as colinas, a igreja e um grupo de carneiros, incandescentes, matizados por um vago tom cor de enxofre, que pastam sob océu enfarruscado. Pára, vendo os carneiros e o céu, depois retoma o caminho. As vozes murmuravam atrás dela; bombardeiros zumbem no alto, ainda que procure os aviões e não os veja. Passa por um dos empregados da fazenda (seria John, o seu nome?), um homem robusto, de cabeça pequena, que usa uma camisa cor de batata e limpa um rego entre os chorões. Ele ergue os olhos para ela, faz um gesto de cabeça, baixa a vista denovo para a água pardacenta. Ao cruzar com ele, a caminho do rio, pensa em como é bem-sucedido, no quanto é feliz ao limpar um rego que corre entre chorões. Ela mesma fracassou. Não é escritora coisa nenhuma, não de verdade; é apenas uma scêntrica bem-dotada. Pedaços de céu brilham nas poças deixadas pela chuva da noite anterior. Seus sapatos afundam ligeiramente na terra fofa. Ela fracassou, e agora as vozes voltaram, resmungando de modo indistinto bem atrás de seu campo de visão, atrás dela, aqui, não, basta virar que elas somem e vão para um outro canto. As vozes estão de volta e a dor de cabeça se aproxima, tão certa quanto a chuva, a dor de cabeça que vai esmagar sejá lá o que ela for e tomar o seu lugar. A dor de cabeça aproxima-se e parece que os bombardeiros (está ou não invocando todos eles, ela mesma?) surgiram denovo no céu. Chega à ribanceira, sobe e desce de novo até o rio. Há um pescador mais acima, lá longe, mas ele não vai notá-la, vai? Começa a procurar uma pedra. Trabalha depressa mas com método, como se estivesse seguindo uma receita que tem de ser obedecida escrupulosamente para que dê certo. Escolhe uma, mais ou menos do tamanho e da forma de uma cabeça de porco. No momento em que vai erguê-la do chão e enfiá-la num dos bolsos do casaco (a gola de pêlo faz cócegas em seu pescoço), nota, não pode evitá-lo, a frieza de giz da pedra e sua cor, de um marrom leitoso, com manchas esverdeadas. Pára perto da beira do rio, que lambe a margem, preenchendo as pequenas reentrâncias de lama com uma água muito limpa, que poderia muito bem ser uma outra substância, inteiramente diversa daquela coisa amarelada, parda, sarapintada, de aspecto tão sólido quanto uma rua, que se estende uniforme de uma margem à outra. Ela se adianta. Não tira os sapatos. A água está fria, mas não insuportavelmente fria. Pára, a água fria até os joelhos. Pensa em Leonard. Pensa em suas mãos e em sua barba, nos sulcos profundos em volta da boca. Pensa em Vanessa, nas crianças, em Vita e Ethel: são tantos. Todos eles fracassaram, não fracassaram? De repente sente uma pena imensa deles. Imagina-se dando meia-volta, tirando a pedra do bolso, voltando para casa. Com certeza ainda teria tempo de destruir os bilhetes. Podia continuar vivendo; podia praticar essa bondade final. Parada com água até os joelhos, decide que não. As vozes estão aqui, a dor de cabeça está vindo e, se ela se entregar de novo aos cuidados de Leonard e Vanessa, eles não a deixarão partir outra vez, não é mesmo? Decida insistir para que eles a deixem ir. Continua desajeitadamente (o fundo é lamacento) até ficar com água pela cintura. Olha de relance para o pescador, que usa um paletó vermelho e não a vê. A superfície amarela do rio (mais amarela do que marrom, quando vista assim tão de perto) reflete o céu lodosamente. Eis aqui, então, o último momento de percepção verdadeira, um homem de paletó vermelho pescando e um céu nublado refletido em água opaca. Quase involuntariamente (parece involuntário, para ela), avança ou tropeça alguns passos à frente e a pedra a puxa para baixo. Por instantes, ainda, não parece nada; parece um outro fracasso; apenas a água gelada da qual pode sair facilmente, nadando; mas nisso a correnteza a envolve e a leva com uma força tão repentina e vigorosa que a impressão é a de que um homem muito forte surgiu do fundo, agarrou suas pernas e segurou-as de encontro ao peito. Parece algo pessoal.
mais de uma hora depois, o marido retorna do jardim e entra em casa. "madame saiu", diz a empregada, ajeitando uma almofada surrada que provoca uma minitempestade de plumas. "Ela disse que voltava logo."
Leonard sobe até a sala de estar para ouvir o noticiário. Encontra um envelope azul, endereçado a ele, sobre a mesa. Dentro, há uma carta.

Queridíssimo,
Tenho certeza de que estou ficando
louca outra vez: sinto que não podemos
passar por
mais uma dessas temporadas terríveis.
E desta vez eu não vou me recuperar. Começo
a ouvir vozes e não consigo me concentrar.
Por isso estou fazendo o que parece ser o melhor a fazer. Você
me deu
toda a felicidade que eu poderia ter. Você
tem sido, sob todos os aspectos, tudo o que alguém
podia ser. Não creio que pudesse haver no mundo duas
pessoas mais felizes, até
que veio essa doença terrível. Não posso
mais combatê-la, sei que estou
estragando sua vida, que sem mim você
poderia trabalhar. E vai, eu sei.
Você vê que nem esto conseguindo escrever isso direito. Eu
não consigo ler. O que eu quero dizer é que
devo toda a felicidade que eu tive na vida a você.
Você foi imensamente paciente comigo e
tremendamente bom. Eu quero dizer isso -
e todo mundo sabe. Se alguém pudesse
ter me salvado, esse alguém teria sido você.
Tudo o que eu tinha se foi, exceto a
certeza de sua bondade. Eu
não posso continuar estragando sua vida. Não creio que duas
pessoas
poderiam ter sido mais felizes do que nós fomos.
V.

Leonard saiu às pressas da sala, desce as escadas. Diz para a empregada: "Acho que aconteceu alguma coisa com a senhora Woolf. Receio que ela possa ter tentado se matar. Em que direção ela foi? Você a viu saindo de casa?"
A empregada, em pânico, começa a chorar. Leonard sai correndo e vai para o rio, passando pela igreja, pelas ovelhas, pelos chorões. na margem, não encontra ninguém, exceto um homem de paletó vermelho, pescando.

Rápida, a corrente a leva. Ela parece estar voando, uma figura fantástica, os cabelos soltos, a aba do casaco enfunada atrás. Flutua, pesada, por entre hastes de luz marrom, granular. Não vai muito longe. Seus pés (os sapatos se foram) batem de vez em quanto no fundo e, quando o fazem, convocam uma nuvem indolente de sujeira, povoada por silhuetas negras de esqueletos de folhas que param quase imóveis na água, depois que ela some de vista. Fiapos de mato de um verde quase negro enroscam em seu cabelo e no pêlo do casaco e, por instantes, um chumaço grosso de campim lhe tampa os olhos, depois acaba se soltando e sai flutuando, torcendo-se, destorcendo-se e retorcendo-se.
Por fim, acaba parando num dos pilars da ponte de South-ease. A correnteza a empurra, ataca, mas ela está presa bem firme na base da coluna quadrada, atarracada, de costas para o rio e de cara para a pedra. Enrodilha-se em volta, um braço dobrado sobre o peito e o outro boiando acima da curva do quadril. Um pouco acima dela está a superfície ondeada, brilhante. O céu se reflete incerto ali, branco e pesado de nuvens, cruzado pelo recorte negro da silhueta das gralhas. Carros e caminhões trovejam sobre a ponte. Um menino pequeno, não mais que três anos de idade, cruza a ponte com a mãe, pára na grade, agacha-se e enfia entre as frestas o pauzinho que vinha carregando, para que caia na água. A mãe o chama, mas ele insiste em ficar um pouco mais, vendo o pauzinho ser levado pela correnteza.
Ei-los então, num dia no começo da Segunda Guerra Mundial: o menino e sua mãe sobre a ponte, o pauzinho flutuando pela superfície da água e o corpo no fundo do rio, como se Virginia estivesse sonhando com a superfície, o pauzinho, o menino, a mãe, o céu e as gralhas. Um caminhão verde-oliva cruza a ponte, carregado de soldados fardados, que acenam para o menino que acabou de derrubar o pauzinho. Ele acena de volta. E exige que a mãe o pegue no colo, para que possa ver melhor os soldados; para ficar mais visível. Tudo isso entra na ponte, ressoa através de suas madeiras e pedras e entra no corpo de Virgínia. Seu rosto, comprimido de lado contra o pilar, absorve tudo: o caminhão e os soldados, a mãe e o filho.

[As Horas, Michael Cunningham]

domingo, 6 de setembro de 2009

...

Um dia ele chegou tão diferente do seu jeito de
sempre chegar
Olhou-a dum jeito muito mais quente do que sempre
costumava olhar
E não maldisse a vida tanto quanto era seu jeito de
sempre falar
E nem deixou-a só num canto, pra seu grande
espanto convidou-a pra rodar

Então ela se fez bonita como há muito tempo não
queria ousar
Com seu vestido decotado cheirando a guardado de
tanto esperar
Depois os dois deram-se os braços como há muito
tempo não se usava dar
E cheios de ternura e graça foram para a praça e
começaram a se abraçar

E ali dançaram tanta dança que a vizinhança toda
despertou
E foi tanta felicidade que toda a cidade se iluminou
E foram tantos beijos loucos
Tantos gritos roucos como não se ouvia mais
Que o mundo compreendeu
E o dia amanheceu
Em paz

quarta-feira, 26 de agosto de 2009

Hipotermia

Nunca pensé que la bebida me mataría. Y mucho menos en tales circunstancias. No es un caso típico. No se trata de la cirrosis hepática de un alcohólico que se niega a reconocer que hace lustros sucumbió al encanto de los vapores etílicos. Nada más lejos de la realidad.
La verdad es que estoy siendo poco riguroso y en tan crítica situación esto no es de recibo. De hecho, mi relación con el alcohol siempre ha sido distante y circunstancial, breve y esporádica. Nunca he buscado en él nada de concreto. No forma parte de mi vida y tampoco es momento de darle la relevancia que nunca ha tenido. Lo disculpo, lo olvido.
Percibo el frío vaivén de la marejadilla clavándose con ahínco en mis nalgas, y si no fuera porque mi suerte está echada desde hace breves instantes sufriría por mi lumbago. Al primer contacto con la destemplanza me desprendí de las prendas más pesadas: zapatos y chaqué. Mantuve las demás en un vano intento de conservar el calor corporal. Vaya estupidez. Siguieron los pantalones y la camisa. Así que ahora me veo en camiseta y calzoncillos. Por simple pudor. Pensando tal vez en la posibilidad de que encuentren mi cadáver flotando, o aparezca inerte en alguna playa desolada. Siempre será más decoroso.
Aunque pensándolo bien no se trata de eso, sino de no tirar la toalla definitivamente. Debo reconocer que en los primeros instantes de desconcierto tuve la sensación de que no podía desprenderme de todo alegremente. Debía aferrarme a mi existencia con los dientes y mantener algo que me vinculara a la vida que creía tener hasta caer por la borda hace un par de horas.
Resulta sorprendente lo poco que me duró la desesperación. Lo mismo que tardó en desaparecer el reguero de espuma blanca que seguía la popa del majestuoso buque como un perro faldero. "Viva la experiencia de su vida con nosotros", rezaba el tríptico de fotos edificantes. Sin duda han cumplido su promesa, pero no en los términos que estipulaba el susodicho folleto. Nadie hablaba de apearse en medio del trayecto.
Esto no es la mili. Aquí no se hacen recuentos y yo viajo solo. Conmigo mismo si acaso, porque ya no recuerdo cuánto tiempo llevo sin encontrarme con mi sombra, sin amarme, sin tomarme en consideración. Parecerá patético, pero en estos momentos tengo la certidumbre de hallarme en estado de gracia espiritual. Había previsto para mi persona una muerto dolorosa y grave, como la mayor parte de mi existencia, y paradójicamente, ahora me siento en el nirvana. Sí, ciertamente deve tratarse del estado de éxtasis budista que libera la mente del lastre corporal; aunque mucho me temo que también pueda tratarse de una falacia producida por los primeros sintomas del entumecimiento muscular.
Intento comprobarlo. Dejo de mover los brazos unos instantes para apalparme las piernas, y en el trámite trago involuntariamente uno sorbo de agua que me causa un momento de reacción y me recuerda mi comprometida situación. Me convenzo de que estoy en lo cierto. El sistema nervioso se retrae, se enroca empujado por el empeño del agua, que a cada oscilación me arranca unas décimas de temperatura.
Pienso en mi niñez, en cuando tenía fiebre y mamá acudía con aquel termómetro de mercurio, guardado celosamente. Reliquia sanitaria que se colocaba con dulzura bajo la axila. Cuántos grados debo diferir de aquel entonces. El mercurio, sincero, me delataría y descubriría la endeblez de mi situación. Diagnóstico: hipotermia. Fallecimiento seguro por parada cardiorrespiratoria de no mediar un milagro que no espero. Por qué debería hacerlo ahora, cuando no he sido creyente en mi vida. El olor a incienso me producía bascas, o al menos eso decía para evitar ir a misa los domingos. Una buena excusa, sin duda. Funcionaba y fingía. Fingía y funcionaba. Se me daba bien. Seguí fingiendo pero con el tiempo dejó de funcionar. Engañaba a los demás. Pero no a mí mismo. Mi conciencia me recordaba a menudo que con ella no podía. No se dejaba. Así entré en la duda existencial.

[Trecho do relato Hipotermia, de Marc Capdevila. Do livro Tiempo de Relatos (I Premio Booket Universitario de Relato Corto). Continuo nas próximas postagens.]

Ah, primeiro post com novo layout =)

domingo, 14 de junho de 2009

Droga.

Eu ia mudar o layout. Mas faz muito tempo que não mexo com html. Isso está me enchendo o saco.

Estou me sentindo fisicamente mal. E ainda por cima me achando uma incompetente.

Droga.

sábado, 13 de junho de 2009

Fim do dia 12.

Tava pensando em fazer um Twitter, para postar aquele pensamentos relâmpagos que às vezes temos: uma mensagem carinhosa, vontade de comer algo, ou mesmo uma mensagem de raiva (maioria absoluta nos últimos dias).
Mas sei lá, é mais uma ferramenta da internet, assim como o orkut ou mesmo este blog. Será que vale a pena?
Mas também, quanto drama por causa de um sitezinho. Por que não ter um? Por que ter?
É, acho que vou fazer.

Obs.: Que texto mais inútil. Acho que resolvi postar apenas para tentar acalmar minha vontade de falar com alguém. Ai, que frustação.

Obs 2.: Odeio quando fico com essa sensação de que minha vida é uma merda, até porque ela não é. Fico pior porque sinto que estou fazendo drama com coisas pequenas que não merecem tanta atenção. Só que... será que com isso eu acabo deixando de lado os problemas sérios, ainda que sejam "só" emocionais?

Amanhã vou viajar. Que merda. Tenho trabalho pra fazer e dependo da internet. Em Santos não tenho internet, e agora?

E agora, Júlia?

quarta-feira, 15 de abril de 2009

Ela

Ela é onipresente. Ela está em todos os lugares e em todos os corações. Ela está naqueles que lutam. Ela não é uma, mas sim várias. Ela está lá, por mais fraca que se encontre. Pode surgir a qualquer momento, em qualquer lugar. Quando menos se espera, lá está ela, uma flor no asfalto, como diria Drummond. Uma flor feia, sem cor, quase imperceptível, mas que está lá. Uma flor frágil, porém, forte. Frágil pois pode ser destruída, forte porque "furou o asfalto, o tédio, o nojo e o ódio", forte porque não importa quantas vezes a esmaguem, nunca a destruirão, e ela ainda conseguirá trazer a primavera inteira consigo.
Brecht escreveu, uma vez: "Nossos inimigos dizem: A verdade está liquidada/Mas nós dizemos: Nós a sabemos ainda". Sabemos, e nos encarregaremos de divulgá-la aos sete ventos, pois essa voz é incapaz de ser levada pelo tempo e ainda será ouvida por muitos!
Um dia disseram: "as idéias não se matam...". Isso porque não importa quantas pessoas se vão, as idéias sempre passarão adiante e continuarão a viver intensamente. O mesmo acontece com ela. Ela, a esperança.


Crônica feita ano passado. Na verdade era para ter sido uma dissertação, mas com o tema esperança não consegui seguir a linha do vestibular. Ganhei apenas um visto, mas pelo menos fiz um texto do qual gostei (tirando algumas coisinhas que só percebemos com o tempo, mas isso não vem ao caso agora).

segunda-feira, 15 de setembro de 2008

Pelos campos há fomes em grandes plantações...

"O mais grave sintoma de nosso atraso civilizatório é a existência da pobreza como fenômeno coletivo. Segundo a ONU, somos 6,5 bilhões de habitantes, dos quais dois terços vivem abaixo da linha de pobreza, ou seja, sobrevivem com renda mensal per capita equivalente a, no máximo, 60 dólares, ou diários dois dólares. Dados da FAO revelam que a cada hora morrem mil seres humanos em decorrência da desnutrição, dos quais, anualmente, 5 milhões são crianças com menos de 5 anos de idade. E isso não ocorre devido à falta de alimentos ou ao excesso de bocas. A FAO assegura que o planeta produz alimentos suficientes para 11 bilhões de pessoas, quase o dobro da população atual. Portanto, a principal causa é a falta de justiça, de partilha dos bens da Terra e dos frutos do trabalho humano. Há no mundo atual apenas quatro causas de morte precoce: doenças; acidentes (de trânsito e de trabalho); violência (homicídios, suicídios, terrorismo e guerra); e a fome. Esta última é a que causa mais vítimas e, no entanto, a que provoca menos mobilização da sociedade para que seja erradicada. Por que somos indiferentes à verdadeira arma de destruição em massa, a fome? Só encontrei uma resposta. E ela é cínica: dos quatro fatores, a fome é o único que faz distinção de classe. Jamais ameaça a nós, os bem nutridos. Só os miseráveis morrem de fome. "

(Caros Amigos, dezembro de 2006).

sábado, 30 de agosto de 2008

Formigas

Outro dia, devia ser umas 20h30, eu estava sentada no chão de nossa biblioteca/escritório, brincando com minha cadela, quando me deparei com uma formiga.
Era um formigão, aqueles que vira e mexe aparecem na casa da gente. Não era daquelas que parecem um besouro, mas era grande.
Ela estava andando de maneira estranha, meio desequilibrada, aí vi que ela estava com uma pata parada, "mancando", se é que se pode dizer isso de uma formiga (por que não poderia?). Depois vi que era pior: ela estava morrendo.
Então eu fiquei olhando.
Parecia sofrer muito, ficava se dobrando, quase ficava enrolada, até parecia que o problema estava em seu traseiro (vai ver estava). Às vezes, ameaçava andar.
Pensei em acabar com seu sofrimento de uma vez: chinelo nela. Só que eu não queria participar da matança desta vez. Não queria ser responsável por uma morte - mesmo que de uma formiga. Já matara formigas pequenas e grandes, mas as últimas sempre me davam um certo pesar depois, talvez por que, mesmo sendo um inseto, quanto maior ele é, mais vivo ele nos parece.
Eu fiquei, então, olhando a coitada sofrer. Eu não queria isso, mas também não queria matá-la: queria que ela morresse logo, para aquilo acabar.
Comecei a assoprá-la, para não machucar, em direção à mesa de minha mãe. Estava dando certo até o momento em que ela pareceu se prender no chão e não se mexeu mais, por mais que eu assoprasse.
Até que aquilo me encheu. Peguei o chinelo e com dois empurrões ela já estava debaixo do gaveteiro da mesa de minha mãe.
Escondi, mas não matei.
Sem ressentimento algum - afinal, eu não havia tirado sua vida -, fui me sentar na sala.
Depois, me lembrei das formigas que vemos morrer todos os dias na cidade, aos milhares, mas que preferimos jogar para debaixo do gaveteiro mais próximo para não assistir à sua morte.

Maria Júlia

18.08.08

terça-feira, 5 de agosto de 2008

"O mundo não havia parado só porque não estávamos mais nele; longe disso. Noite após noite, corpos diminutos tombavam ao chão na nossa tela de TV; pessoas negras, pessoas jovens, pessoas vietnamitas, pessoas pobres. Algumas, mortas; outras, apenas temporariamente arrebentadas. Sempre havia mais gente para substituir os que caíam e para somar-se a eles na noite seguinte.
Depois veio a época em que pessoas que conhecíamos - ainda que não pessoalmente - começaram a tombar. Martin Luther King, Robert Kennedy. Seria isso mais alarmante? Lisa alegava que era natural. - Eles tem que matá-los - explicou. - Caso contrário, a coisa nunca vai se acalmar.
Mas aparentemente não ia se acalmar. As pessoas estavam fazendo o tipo de coisa que nós fantasiávamos fazer: ocupavam as universidades e suspendiam as aulas; faziam abrigos com caixas de papelão e, com elas, obstruíam o caminho; mostravam a língua para a polícia.
Torcíamos por elas - por aquelas pessoinhas na nossa tela de TV, pessoas que iam diminuindo de tamanho à medida que seu número aumentava até se transformarem em uma massa de pontinhos, ocupando as universidades e mostrando as lingüinhas. Achávamos que algum dia elas nos "libertariam", a nós também. "Ferro neles", gritávamos, para incentivá-las.
Fantasias não tem repercussão. Ali no nosso hospital caro e bem equipado, confinadas com nossa raiva e rebeldia, estávamos a salvo. Era fácil dizer "Ferro neles!" O pior que podia nos acontecer era uma tarde na solitária. Geralmente, tudo o que provocávamos era um sorriso, um sacudir de cabeça, uma anotação em nossa ficha: "Identificação com o movimento de protesto". Os outros eram premiados com cabeças partidas, olhos roxos, chutes nos rins... e depois, eram encarcerados com sua raiva e rebeldia.
E assim a coisa foi indo, meses e meses de batalhas, tumultos e passeatas. Foram tempos de calmaria para a equipe do hospital. A gente não "atuava"; estavam atuando por nós lá fora.
Além dessa calma, vivíamos uma expectativa. O mundo ia virar pelo avesso, os mansos iam herdar a terra ou, para ser mais precisa, arrancá-la dos fortes; e nós, as mais mansas e fracas, receberíamos em vasta herança tudo o que nos havia sido negado.
mas não foi o que aconteceu. Nem para nós, nem para qualquer daqueles que reivindicavam a herança.
Ao ver Bobby Seale amarrado e amordaçado num tribunal de Chicago, compreendemos que o mundo não ia mudar. Seale estava acorrentado, como um escravo.
Cynthia ficou particularmente transtornada.
- É isso que fazem comigo! - gritou.
De fato, para a aplicação de eletrochoques, eles amarravam a pessoa e colocavam alguma coisa em sua boca, para impedir que ela mordesse a língua durante as convulsões.
Lisa também se enfureceu, mas por outro motivo.
- Será que você não percebe a diferença? - rosnou para Cynthia. - Se ele precisa ser amordaçado, é porque eles têm medo de que as pessoas acreditam no que ele diz.
Olhamos para ele, ali na tela de TV, um homem pequenino, escuro e acorrentado, mas que tinha algo que sempre nos faltaria: credibilidade."

Este é o capítulo "Mil novecentos e sessenta e oito", do livro Moça, Interrompida, de Susanna Kaysen. Aquele que deu origem ao filme Garota, Interrompida, com Angelina Jolie, Winona Ryder e Britanny Murphy. Deve ter alguma outra atriz conhecida, mas eu não lembro.
Eu gostei muito desse capítulo. Esse e "Meu diagnóstico" são os melhores.

Até mais.

domingo, 3 de agosto de 2008

Olá novamente.
Ontem fizemos uma maratona batman aqui em casa. Vieram três amigos meus, Veva, Hoffmann e Bárbara. A Bárbara chegou atrasada, então começamos a ver os filmes tarde, aí a Veva e o Hoffmann tiveram que ir embora mais cedo... juntos só vimos o primeiro filme, do Curinga, com o Jack Nicholson. Depois a Bárbara e eu vimos os três seguintes. Os dois do Tim Burton são ótimos, mas os do Joel Schumacher são um lixo! O cenário é completamente zoado, é tudo colorido, mal dá para olhar para a tela. A história é uma viagem completa (e ainda tem gente que ousa falar que o Tim Burton fez de batman filmes muito "aéreos"!), os personagens parecem retardados mentais. O Val Kilmer é péssimo como batman. Não fossem os mamilos na roupa do batman, ele ficaria bem em uma exposição - sem se mover, falar ou respirar -, mas sua atuação é éssima, ele parece um idiota e não tem emoções. O que dizer daquele sorrisinho tosco que ele dá quando a Dra. Chase diz que não se interessa mais pelo batman? Puuutz. Fora que ele como Bruce Wayne também está horrivelmente horrível. Ele tem mais cara de Clark Kent, com aquela cara redonda e cabelo arrumadinho, do que de qualquer outra coisa, ainda mais com aquele óculos horrível.
Deixe-me ver... a Nicole Kidman está bem como a Dra. Chase Meridian, mas ela me pareceu mais uma maníaca sexual do que uma psicóloga - pode ser apenas um preconceito meu, não sei. Talvez seja uma das únicas atuações podres no filme.
Não vou nem comentar sobre o Robin. Ele só está pior no Batman e Robin, em que ele resolve virar um emo apaixonado pela mulher-planta. Aliás, lembrei-me de uma cena incrivelmente estúpida: o Duas-Caras está prestes a cair, e o Robin o levanta, baixando a guarda. Quer coisa mais imbecil? E o Harvey ainda diz que o "batman lhe ensinou bem". Batman nunca faria uma coisa idiota dessas!!
O Tommy Lee JOnes é um ator do qual eu gosto, suas atuações não são sempre iguais, ou muito parecidas (como as de George Clooney). Sua atuação como o Duas-Caras não se parece com nada que ele já tenha feito, eu acho, mas ele não fez mais do que a obrigação. O motivo pelo qual eu acho que ele não merece elogios é que a atuação está extremamente forçada: o Harvey parece simplesmente um idiota, não alguém que tenha sofrido algo no passado.`Ficou um personagen raso, pouco explorado e idiota. O mesmo acontece com o Charada. Eu gosto do Jim Carrey, mas suas atuações são sempre iguais, as mesmas caretas etc. Tá, as caretas até passam, pois Jack Nicholson também repete as caras às vezes, mas com Jim Carrey a coisa é absurda. A mudança é pouca de personagem pra personagem. Quando se vê o filme, pensa-se no Jim Carrey, e não no Charada mesmo. Fora que o personagem é ridículo. E aquele troço de sugar as correntes cerebrais? Puuuutz, depois falam que o Pingüim ter sido criado no esgoto por Pingüins é viagem.
Aliás, no início do post eu citei os mamilos da roupa do batman. Que porcaria é aquela?? Fora o aumento que deram no saco deles. Eles precisam de super-bolas para lutar, por acaso?? Ridículo. Ainda bem que depois da destruição da batcaverna ele troca de traje e coloca um sem tetinha.
Não podemos esquecer também das transformações à lá Sailor Moon, presentes tanto em Batman Eternamente quanto em Batman e Robin. Mostra ele com a luvinha, pegando a arma sei-lá-das-quantas e, como não podia faltar, um close nas super-bolas. Lembrei-me de Sailor Moon ontem, emquanto matutava sobre o filme. Uma claríssima homenagem ao anime/mangá que foi sucesso no Brasil nos anos 90, que bonitinho.
Agora, Batman e Robin. O filme também é horrível. O Arnold Schwarzenegger, vulgo Arnoldo, está como sempre - como Jim Carrey no Batman Eternamente, sempre igual, com poucas diferenças. Não sei se é assim nos quadrinhos - aliás, nem sei se esse vilão existe nos quadrinhos -, mas a história do vilão, Freeze, ou sejá lá como se escreve o nome da criatura, é o mais "tapa-buraco" possível. Aliás, alguém me diz como que água gelada pode causar mutações genéticas? O Pingüin era muito, mas muito mais verossímil: um humano que nasceu defeituoso. Quantas síndromes não existem por aí, afinal?
A personagem vivida por Uma Thurman não podia ficar para trás, é claro. Trabalhando para um cientista louco, a Dra. Pamela Isley, devido à loucura de seu parceiro/chefe/sei lá, fica soterrada debaixo das estantes do laboratório, e nela cai tudo o quanto é substância química. O chão afunda e lá fica ela. Depois a personagem "revive" como Hera Venenosa ou Poison Ivy, se preferem. A idéia de que substâncias químicas possam alterar o DNA de uma pessoa a ponto de torná-la venenosa (hauhauhua) é um pouco menos absurda, mas o surgimento da personagem é "brotante" igual, fora que ela já surge de roupinha e tudo mais. Sua atuação me parece estar boa, não está parecida com outros filmes que eu tenha visto com ela - foram poucos, eu acho, só para avisar.
Agora, o mais esperado, a dupla dinâmica, o pior do filme: Batman e Robin. Não preciso nem dizer que a escolha do ator para o Batman foi pééééééééééssima. George Clooney deveria fazer apenas E.R., Um dia Especial e Onze Homens e Um Segredo etc. Sua atuação é, como a do Arnoldo e do Jim Carrey, sempre muito parecida, quando não igual, fora que ele não tem a mínima cara de Batman. Nem para exposição ele ficaria bem, com aquele queixo gordo e caído. Ele tem cara de velho - deve ser assim desde que nasceu, com aqueles olhos que parece que levou dois socos - e o Batman, Bruce Wayne, não é velho e nem tem cara de cafetão.
O Robin continua tosco como sempre, mas neste ele resolveu virar um emo apaixonado, como eu já disse antes. "Cansei de vier na sua sombra", ele diz, e mais um monte de frescurites. Tudo isso pela natureba maluca. Parece criança do primário atuando.
Quase me esqueci da jovem Barbara Wilson. Ela é sobrinha do Alfred, o que é muito estranho. O mordomo está quase com o pé na cova, e tem uma sobrinha com a idade para ser sua neta? Sua irmã devia ser uns 500 anos mais nova que ele, então. A menina corre com motos, é a "certinha" que sai à noite para correr, blablablá. Uma noite ela acaba perdendo a moto (quando o Robin vai seguí-la), e ninguém nota depois, é claro. Não sei porque raios o Alfred, quando está morrendo, ia entregar um cd com informações sobre o Batman para seu irmão, cujo nome eu não sei. Ele pede para a sobrinha tentar entregar o cd, mas ela o abre e vê informações sobre o Batman, ficando maravilhada. Tem uma animação tosca do Alfred na batcaverna, que já havia feito tudo para ela, até um traje (!!!!). Tem algo mais "brotante" do que isso? Extremamente idiota! Ela entra na história do nata, se torna a batgirl do nada, e já sai socando e chutando todo mundo.
Enfim, o Alfred é o mesmo em todos os filmes, não? Nos primeiros ele tá bem, mas nos outros toscos está meio estranho, talvez tenha se rebaixado para ficar no nível do filme... hauahuhau
Ah claro, já ia me esquecendo. Nesse filme também estão presentes as transformações à lá Sailor Moon, só que agora mais longas, com close na bunda e tudo mais. A roupa continua com os mamilos horríveis (até a da Batgirl tem essas merdas!! Ia dizer que parece roupa de viking, de amazona, sei lá, mas as delas - das vikings e amazonas - não são tão toscas) e com as super-bolas. Tem até zíper na bunda! Putz, eu teria que ficar escrevendo por mais um ano para falar todas as gafes do filme... ai ai.
Ah, é isso, eu acho, qualquer coisa escrevo mais depois.

Até.

domingo, 13 de julho de 2008

Olá.
Minha nossa, há anos - parece muito, mas é só desde mais ou menos 2005, já que as postagens de "lalala", entre outros, feitas para não perder a conta no blogger, não contam - não postava em um blog. Provavelmente este também será esquecido... mas enfim, será legal por algum tempo.
Pretendo mudar o layout. O básico do site é até bonitinho, simples etc, mas pretendo fazer algo próprio. Aproveitarei um pouco das férias para isso.
O nome do blog foi escolhido da forma mais clichê possível, acho que isso não precisa de explicação.
Não tenho muito o que falar. Faço cursinho e natação, pretendo prestar vestibular para a FFLCH (é isso aí, nenhum curso em específico porque ainda não me decidi... só sei que será na FFLCH), que, para quem não sabe, é a Faculdade de Filosofia, Letras e Ciências Humanas da USP.
É isso. Não farei nenhuma grande apresentação porque me parece um tanto idiota. Voltarei aqui quando algo me chamar a atenção o suficiente para eu escrever, quem sabe eu poste alguma redação minha. É, vou fazer isso.

Até mais.
Tchau, tchau.